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La construcción del paraíso

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Un río que nunca se seca

El primer día que me llevaron a la biblioteca pública de Segovia no me atreví a adentrarme más que un par de metros.

La sala infantil-juvenil era un lugar lleno de libros y colores y me atraía como el canto de una sirena; pero, por otro lado, sentía una vergüenza enorme: supongo que estar de pie y ser el blanco de las miradas curiosas de las bibliotecarias —parapetadas tras un mostrador— y del resto de críos que allí leían —sentaditos y compartiendo mesas circulares— tendría mucho que ver.

En aquella época ya teníamos bastantes libros en casa pero estos representaban un porcentaje mínimo si lo comparábamos con el volumen de libros prestados que pasaban por mis manos/ojos. Cada sábado por la mañana acudía sin falta a mi cita en la biblioteca, dejaba el par de libros ya leídos, curioseaba por los estantes y me llevaba un nuevo lote que devorar. Los libros iban y venían continuamente. La biblioteca era como un río que nunca se secaba: cuando uno tenía sed, bastaba con acercarse a ella y beber hasta saciarse.

 

Construir el paraíso

A pesar de haber crecido con esta hermosa certeza de que los libros son un recurso público e infinito, que sin pedir nada a cambio siempre están disponibles, llegó un momento en que quise tener mi propia biblioteca en casa.

En 2008 ó 2010 visité, por motivos que no vienen al caso, el hogar familiar de la actriz Macarena García, antes de ser conocida. Por aquel entonces trabajaba en la obra de teatro musical High School Musical, adaptación de la famosa película de Disney, y ganar un Goya era todavía un sueño muy lejano. Pues bien, el asunto es que su hermano Javier (quien años después también se haría famoso, gracias a La Llamada y Operación Triunfo, con el nombre de Javier Ambrossi) tenía una biblioteca personal fabulosa. Recuerdo toda una pared repleta de libros, de lado a lado, del techo al suelo, de todos los diseños y tamaños, ordenados estrictamente por autor. Es cierto que la memoria a veces nos juega malas pasadas e idealiza una realidad pasada que quizá fuera baladí, pero el recuerdo que conservo es el de una colección literaria imponente y supe que yo necesitaba un espacio similar para mí.

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Hay una cita célebre de Borges que dice: “Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca”, y no puedo estar más de acuerdo.

Yo llevaba uno o dos años trabajando y por fin tenía algo de dinero, y además, acababa de mudarme (mi cuarta mudanza) y tenía, también por fin, algo de espacio. Quise construir mi propio paraíso, o al menos, mi propio refugio.

Así empecé a traer mis libros favoritos de Segovia a Madrid y comencé a gastar una pequeña parte de mi sueldo en librerías. No compraba las novedades del momento, sino grandes clásicos o libros de autores consagrados, es decir, sólo auténticas joyas de la literatura que valían cada céntimo invertido. Pero también empecé a comprar semanalmente el extinto diario Público que, cada poco tiempo, lanzaba interesantísimas colecciones por sólo un par de euros más: de novela negra, de poesía, obras de autores premiados con el Nobel, ensayos sobre la guerra civil, etc. Poco a poco el volumen de libros fue creciendo y con ellos mi satisfacción personal.

No había nada más hermoso que hacerse un ovillo en el sofá para leer un rato o ver una película y contemplar enfrente varios estantes repletos de libros… No sé si era yo el que los contemplaba o si eran ellos los que me contemplaban a mí.

 

Obras llenas de significado

Las visitas a la biblioteca fueron remplazándose por visitas a la librería, y la consecuente acumulación de libros es hoy un problema de espacio que me cuesta reconocer.

Hace unas semanas, la gurú del orden Marie Kondo recibía de forma inmerecida la furia de las redes sociales por, presuntamente, haber dicho que en una casa no se deben tener más de 30 libros.

Ignoro si en alguno de sus libros marca este límite, pero desde luego, en el programa de Netflix que la ha popularizado en nuestro país, no menciona esta cuota. Sólo dice, al igual que con la ropa, que debemos quedarnos con aquello con nos haga felices: con esos libros que sólo con tenerlos en las manos ya sintamos algo muy especial (spark joy).

Y, claro, inevitablemente me he sentido interpelado y he intentado hacer el sano ejercicio de cuestionar la utilidad de todas mis pertenencias y la forma en que las ordeno, incluyendo, por supuesto, mis libros.

¿Necesito tener tantos libros? No. Está claro que tenerlos no es una necesidad. De hecho, la mayoría sólo los he podido leer una vez, desbordado por las nuevas lecturas que esperan su turno. Sí necesito tener una casa, una nevera con comida, una cama, algo de ropa. Pero los libros no los necesito en casa.

¿Me gusta tener libros? ¿Me hace feliz la sola presencia de libros? ¡Por supuesto! La visión de libros en general, y la de algunos en particular, sí me hace feliz. Mucho más que tener una nevera llena con mi comida favorita o un armario repleto de ropa nueva.

Y ahí está el quid de la cuestión. En que hay libros concretos, por pocos que sean, que sólo aportan como conjunto, al hacer bulto, estéticamente. Es decir, hay libros que sí son reemplazables.

Y esto es lo que estoy dispuesto a hacer. Volver al origen, a recordar que la biblioteca privada sólo tiene sentido si está llena de obras que tienen un significado especial para mí. Sentarme una tarde ante todos mis libros y observarlos uno a uno. Hojearlos y recordar qué me llevó a adquirirlo, evaluar si después de su lectura sigo pensando que mereció la pena haberlo comprado y haberle dado cobijo en mis estanterías durante todos estos años.

No creo que sean muchos los prescindibles, pero alguno habrá porque, como todos, he hecho compras absurdas o por impulso. Pienso, de pronto, en cierto Premio Odisea, cuya trama insípida olvidé en cuanto terminé, o un libro de divulgación económica que compré en los momentos más duros de la crisis, o también una novela juvenil con la que quería “documentarme” y resultó ser abominable. Además, muchos de los ensayos que tengo no los he leído aún y es difícil que lo haga (desde el revolucionario soviético Trotski hasta revolucionarias actuales más de andar por casa como Leticia Dolera) ya que lo que yo disfruto de verdad es novela.

Me preparo para hacer este ejercicio de honestidad conmigo mismo en los próximos días y os invito a hacer lo mismo. ¡Ya os iré contando en mis redes sociales mis progresos!

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¿Tenéis vosotros muchos libros? ¿Estáis completamente felices y orgullosos del 100% de ellos? ¿No se os ha pasado por la cabeza hacer algo al respecto?

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