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Valle-Inclán en siete disparos

Vivimos en una época en que parece que no hay tiempo suficiente para nada y en la que un torrente de información nos arrolla de forma continuada, por eso triunfa tanto el consumo de esta información en dosis pequeñas y rápidas, donde parece que basta un titular, un tuit o una imagen para informarse.

En este sentido, en inglés llaman bullets (balas) o bullet points a cada punto de información concisa en una enumeración informativa como, por ejemplo, esos que aparecen en una presentación con diapositivas. Es decir, lo que suele pedir tu jefe cuando quiere enterarse de cómo va ese enorme proyecto en el que estás trabajando pero en realidad teme que le abrumes con los detalles farragosos del día a día.

Pues bien, ¿qué mejor manera de definir a una persona que se disparó en el pie que con unas cuantas de estas inofensivas balas informativas?

Tranquilos, que no, no me refiero a Froilán. Me refiero a Ramón María del Valle-Inclán, que nació en un día como hoy, 28 de octubre. Sí, ese autor gallego y barbudo que se estudia en todos los institutos de secundaria de España pero que, en realidad, se lee poco o nada.

Como ya hice con Victor Hugo o Arthur Conan Doyle, me gustaría acercaros un poco a este personaje, mostraros quién era esta persona de carne y hueso -y barbas- que escribió la aclamada Luces de Bohemia.

No es que sea mi autor favorito, ni de lejos, pero sí uno de los que más me llama la atención como persona, por el excéntrico individuo en que se convirtió. Si me acompañas a vaciar este cargador que traigo, comprenderás muy fácilmente por qué…

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1. No se llamaba Valle-Inclán.

¡Zas, la primera en la frente! Su nombre real era Ramón José Simón Valle Peña, así que ya véis que lo de buscar un nombre artístico no es algo nuevo, viene de lejos, y a él le llevó un poco de tiempo terminar de definirlo:

Sus primeros escritos, colaboraciones cuando estudiaba en la universidad, venían firmados como Ramón del Valle de la Peña. Esto de añadir al apellido “del” y “de la” ya nos da una pista de que quería que su nombre tuviera un aire distinguido acorde a la buena familia a la que pertenecía. Rizando el rizo, más tarde tomó el “Inclán” de un ilustre antepasado suyo, Francisco de Valle Inclán, y así empezó a ser Ramón del Valle-Inclán. Se ve que a Ramón le gustaba el postureo.

Pero por si fuera poco, en su época modernista firmaba como Ramón María del Valle-Inclán. ¡Ramón María!

 

2. México transformó su aspecto.

Despues de unos años en Madrid, Valle-Inclán vivió un año en México, donde trabajó en distintos periódicos. A su vuelta, su aspecto e indumentaria habitual habían cambiado por completo.

La imagen de Valle-Inclán era reconocible en cualquier lugar por sus polainas, su poncho mexicano, sus pequeñas gafas redondas y su larga barba. Aunque su estilo sufrió cambios, por supuesto, algunos de estos elementos le acompañaron hasta su vejez.

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3. Perdió un brazo en una pelea.

Lejos de su pueblo natal, Valle-Inclán aprovechaba al máximo las oportunidades que le ofrecía Madrid. Era muy aficionado a visitar los cafés donde tenían lugar las famosas tertulias literarias de la capital, sobre todo en la Puerta del Sol. En estos círculos, formados por personas con inquietudes artísticas de todo tipo, célebres o anónimos, se producían discusiones muy enriquicedoras… y debates muy acalorados. Tanto es así, que Valle-Inclán se vio envuelto en una pelea feroz con un periodista y terminó gravemente herido en el brazo.

Su herida se complicó mucho y se gangrenó y la medicina de la época no le dejó más salida que la de la amputación. Tenía treinta y tres años.

 

4. Hasta su firma era artística.

Como si de una columna jónica se tratara, Valle-Inclán plantaba en medio de su firma una I mayúscula desproporcionada, que haría las delicias de cualquier grafólogo.

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5. Un pensamiento político complejo.

Si se puede asociar a Valle-Inclán con algún movimiento político éste es el carlismo (un movimiento de derechas, conservador y tradicionalista), puesto que él mismo se definió como tal. Sin embargo, solía decir que los carlistas se dividían en dos bandos: “uno, yo, y el otro, los demás”. Una definición, por cierto, muy similar a la que hizo de los surrealistas Salvador Dalí, un personaje con el que tiene unos cuantos paralelismos.

Las ideas y costumbres de Valle-Inclán impedían ponerle una etiqueta y desconcertaban en este país tan radical y escorado a un lado u otro del espectro político. Por ejemplo, cuando estalla la I Guerra Mundial, se muestra favorable a los Aliados, al igual que la gente de pensamiento más progresista. Y debido a su asiduidad en las tertulias literarias, se le veía en los mismos círculos que las grandes personalidades de la izquierda, hasta el punto de ser visto en mítines y reuniones de partidos de izquierda.

 

6. El esperpento.

En la época de Valle-Inclán, había en Madrid (en el callejón Del Gato) una ferretería que tenía en su fachada, como exitoso reclamo publicitario, un espejo cóncavo y otro convexo, que distorsionaban y deformaban a todo aquel que pasaba por delante.

Valle-Inclán usó esta misma idea para representar la realidad de la sociedad en su escritura: distorsionándola, aumentando aquellas características que le interesaban, de modo que disponía de una imagen final que le permitía hacer crítica social.

Aunque el término “esperpento” ya se usaba en este sentido de imagen grotesca o visión deformada, Valle-Inclán lo inaugura como género dramático propio, justamente con Luces de Bohemia.

valle inclán vuelve de méxico y cambia su aspecto

 

7. Tres estatuas de Valle-Inclán.

Hasta donde yo sé (corregidme si me equivoco), tanto en Pontevedra (su provincia natal) como en Madrid (en el Paseo de Recoletos) hay estatuas de Valle-Inclán.

Pero, sin lugar, a dudas, mi preferida es la que hay en Santiago de Compostela junto al parque de la Alameda. Se trata de una estatua del dramaturgo sentado en un banco, en una pose indescifrable de señor distinguido que pasa la tarde pensativo y que, a la vez, invita a sentarse junto a él y realizar una fotografía que inmortalice el momento:

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