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La suerte del galeón San José

Si os apasionan las historias de aventuras, piratas y tesoros, y creéis que son cosa del pasado, es que no conocéis la historia del galeón español San José, hundido en aguas de Colombia y desaparecido durante siglos… hasta hace tres años. ¡A mí me gustó tanto que incluso escribí un relato!

 

La historia del galeón San José

Situémonos hace trescientos años, en un puerto del mar Caribe, donde varios barcos colmados de cofres de oro, plata y piedras preciosas, se preparan para poner rumbo a España, de vuelta a casa con el botín.

Corren rumores de que se han visto naves inglesas patrullando la zona, sin embargo, el capitán español considera que su flota, encabezada por tres buques de guerra (el San José, el San Joaquín y el Santa Cruz), sería intimidatoria y suficiente para repeler un ataque.

Ay, pero allí aguardaban los ingleses, que son astutos, taimados y traicioneros. Ignorando al Santa Cruz (más pequeño), su navío Kingston se lía a cañonazos con el San Joaquín y su Expedition contra nuestro San José. La intención de los ingleses era capturar este último, que era el más grande y, por tanto, el que más tesoros transportaba, pero en medio de un intercambio de cañonazos es difícil ser comedido y controlar la potencia: el galeón español desapareció en las profundidades marinas con todo su cargamento. Tocado y hundido. De sus seiscientos ocupantes, sólo sobrevivieron once.

Pues bien, en 2015, trescientos años después, cuando parecía que ya era imposible, ¡¡por fin localizaron el barco!!, a 600 metros de profundidad (para haceros una idea de la magnitud: yo practico submarinismo y ¡20-30 metros ya se considera buceo profundo!). Bajar un equipo a explorar y sacar a la superficie los frágiles restos del barco y su valioso contenido será un proceso muy largo y costoso.

Ahora es cuando han empezado los pleitos, ¿a quién corresponde ese tesoro de valor histórico, a España como dueña del barco o a Colombia como dueña de las aguas? Además, la operación en sí no está exenta de polémica, puesto que parece que el gobierno colombiano planea vender parte del patrimonio a intereses privados, en contra de las directrices de la UNESCO.

En fin, ahora que ya conocemos el transfondo real, vamos con la ficción 😉

 

La suerte del galeón San José

 

I

El ajetreo y bullicio constantes en el puerto de Portobelo sólo se detenían cuando caía la noche, cuando la oscuridad imposibilitaba la carga y la descarga, las reparaciones, las limpiezas y los negocios. Aquel era el momento en que se abarrotaban las tabernas y se abandonaban los muelles, dejándolos desiertos ante la imponente presencia de los barcos más diversos, que dormían mecidos por las cálidas olas del Caribe.

Aquella noche, de luna llena, entre los crujidos de la madera maltratada y la fricción de las amarras tensas, apenas se oyeron los pasos furtivos de tres hombres sobre las húmedas losas de piedra.

Dos de ellos, embozados con idénticas capas pardas, flanqueaban al tercero, un hombre de rostro ajado, cuya indumentaria mostraba los emblemas y colores –algo deslucidos- de la Real Armada Española.

Lo condujeron hasta el último almacén del puerto, y allí, en la parte posterior, se detuvieron junto a unos portones, donde la oscuridad era total y ninguna mirada indiscreta podía verlos. Uno de los embozados llamó a la puerta dando dos golpes seguidos y después uno seco, y tras unos segundos repitió la misma señal. Desde el interior llegó una respuesta igualmente enigmática: tres golpes y a continuación, otros dos.

Instantes después se descorrieron varios cerrojos y la puerta se abrió. Un joven, tan solo un muchacho, dejó pasar a la comitiva. A la entrada de la bodega, la débil luz de un candil iluminó su casaca roja y la pesada pistola que colgaba de su cinturón.

Los dos de las capas se destaparon e hicieron descender al soldado español por unos estrechos escalones, hasta llegar a un habitáculo frío y húmedo, iluminado con lámparas de aceite. En el centro de la sala, sentados alrededor de una mesa, cuatro hombres interrumpieron su conversación en una lengua extranjera.

―¡Amigo Vázquez! ―saludó con acento británico el que parecía el jefe, poniéndose en pie, sonriente―. Ya nos impacientábamos.

―Capitán Wager ―inclinó la cabeza, sumiso, el tal Vázquez―. Traigo buenas noticias. La flota partirá mañana hacia Cartagena. Los galeones van llenos a rebosar con cofres inmensos de oro, de plata, de piedras preciosas. ¡Más de las que puedan imaginar! El tesoro va repartido entre los tres galeones: el San José, el San Joaquín y el otro más pequeño, el Santa Cruz.

Los ojos de aquellos hombres brillaron con codicia. Las largas semanas de espera e incertidumbre acechando las inmóviles naves españolas por fin obtendrían su recompensa.

―Las guerras son caras –asintió uno de ellos provocando las sonrisas maliciosas de sus camaradas.

―Contamos con una fuerza similar –apuntó con entusiasmo el otro―. El plan es factible.

Wager lo fulminó en el acto con una mirada. El subalterno acababa de revelar a la ligera información secreta delante de un soldado extranjero. Analizó durante unos segundos a aquel español traidor, sucio y ojeroso, que tenía ante sí; evaluando si de verdad podría confiar en él una vez más, o si por el contrario, lo más juicioso era mandar ejecutarlo junto a su torpe oficial.

―Amigo Vázquez, tú irás abordo del Santa Cruz, ¿verdad?

―Sí, capitán Wager, pero es un barco pequeño…

―Tiene más de cincuenta cañones, mi capitán ―interrumpió uno de los ingleses―. No es un barco pequeño.

―No, no, se equivoca –insistió Vázquez-. Tal y como me sugirieron, he dejado inutilizados varios cañones. Cuando el asalto comience no supondrá ninguna amenaza, se lo aseguro.

―Bien, bien –asintió pensativo el capitán, y se dirigió a los otros―: El Kingston cargará contra el San Joaquín y el Expedition contra el San José. No abriremos fuego contra el Santa Cruz.

―Gracias, señor, muchas gracias. Es usted realmente magnánimo. Siempre estaré a su servicio ―suspiró aliviado el español.

―Bien, pues no se hable más.

El caballero inglés volvió a tomar asiento y agarró papel y pluma, dispuesto a organizar sin ninguna demora todo lo necesario para perpetrar el plan que acababa de modelarse en su cabeza.

Los dos guardias agarraron al español por los brazos para sacarlo de allí, pero éste permaneció clavado al suelo. Aún le quedaban algunos puntos que aclarar con aquellos hombres.

―¿Pero cuándo recibiré mi parte del botín, señor? ¿Y qué pasa con mi salvoconducto para huir a Londres?

Wager se quedó paralizado un instante y soltó la pluma, mirándolo con incredulidad.

―Acabo de proponer un plan adecuado, expresamente, para salvar tu insignificante vida, ¿y aún quieres más?

El capitán chasqueó los dedos y uno de los guardias golpeó al traidor con brutalidad en la espalda, haciéndole caer de rodillas contra el suelo, y ahí, antes siquiera de intentar incorporarse, la culata de un fusil se estrelló contra su frente derribándolo con violencia. Los golpes no pararon hasta que la luz se extinguió del todo.

 

II

Pese a los muchos años sirviendo en altamar, se despertó desorientado, sintiendo el vaivén que mecía su cuerpo como si fuera la primera vez. Sintió un dolor terrible en la parte posterior de la cabeza y al abrir los ojos no reconoció la estampa que le rodeaba. Sin lugar a dudas estaba en un barco, pero nunca antes había visto aquel gran camarote, y los hombres que descansaban a su alrededor no eran caras conocidas, aunque portaban uniformes españoles tan deslucidos como el suyo.

―¿Dónde estoy? ―preguntó.

Uno de los soldados, el que estaba más cerca, alzó la vista y le sonrió burlón bajo sus espesos bigotes.

―¡Mirad quién se ha despertado! –anunció en voz alta, y luego dirigiéndose a él―: ¿Qué, se torció un poco la noche en la taberna, eh, granuja?

―¿Dónde estoy? ―volvió a preguntar.

―¡De camino a Cartagena! –le respondió el del bigote―. Tuviste suerte de que te encontráramos, ahí tirado en un callejón. Tu tripulación ya había partido sin ti en el Santa Cruz.

―¿Qué? ¿Pero dónde estamos? ―inquirió alarmado.

―De camino a Cartagena, te estoy diciendo… ¡Pues sí que abusaste del ron, pardiez!

―¿Pero en qué nave, maldita sea? ―gruñó el herido, incorporándose en el camastro como pudo.

―¿Que en qué nave estamos? En el barco insignia de nuestra Armada… ¡bienvenido a bordo del galeón San José!


 

“La suerte del galeón San José”
un relato de Daniel Fuertes
Protegido con Safe Creative

Código de registro: 1708043233193

2 comentarios en “La suerte del galeón San José

  1. Hola!
    No conocía la historia sobre estos tres galeones ni la mala suerte que tuvo en especial el galeón de San José. No recuerdo leer ninguna historia sobre tesoros ni piratas aunque en casa, siendo pequeña mi hermano si tenía algún libro sobre esos temas pero en aquel entonces no me llamaban mucho la atención. Ahora si los hubiera leído, mira me has recordado que se los tengo que pedir jajaja
    El relato me ha gustado mucho, me has sorprendido con la mala suerte del traidor español…
    ¡Un saludo!

    1. Muchas gracias, Bea, ¡me alegro de que te haya gustado el relato! La verdad es que en cuanto a libros yo sólo consigo recordar “La isla del tesoro”, que me fascinó de pequeño (lo volví a leer hace poco y bueno, normalito), pero sí tengo ciertos recuerdos de ver distintas películas en la tele y de desear (en vano) el famoso barco pirata de Playmobil 🤣

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