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Chicken tikka masala

Cuando mi jefe me propuso realizar este viaje, largo y exótico, acepté sin pensarlo dos veces. La sola idea de pasar un mes en la India apareció en mi cabeza como unas vacaciones de gorra, pagadas por la empresa, como una suerte de retiro espiritual viajando en clase business, donde apenas tendría que preocuparme de nada.

La realidad, sin embargo, no tardó en abofetearme con desprecio: en la India o en la Luna, mi rutina de madrugones y largas jornadas de trabajo seguiría presente.

Por eso, después de pasar la semana encerrado en una oficina doce horas diarias, agarré el primer fin de semana libre con la emoción de un niño pequeño que cruza los tornos del parque de atracciones, dispuesto a aprovechar al máximo cada minuto. Ni los cuarenta grados a la sombra, ni el aire contaminado y polvoriento, ni el caótico tráfico cuyos cláxones no descansaban nunca, podrían minar la determinación de este turista a tiempo parcial.

Así fue que acabé agotado, sudado y con los pies doloridos, una noche de domingo, probando suerte en un restaurante cercano a mi hotel. Buscaba una cena sencilla con la que poner el broche final a dos intensos días de excursiones. Nada más.

El establecimiento era elegante y a esas horas estaba prácticamente vacío. Sus tres camareros, en pie, formaban una fila junto a la barra del fondo, sin otro entretenimiento que vigilar el par de mesas que estaban ocupadas, alertas a cualquier movimiento que requiriera de su intervención. En estas mesas, algunos clientes autóctonos daban buena cuenta de sus platos comiendo con las manos, como era frecuente en el país.

Así que allí me adentré yo solo, a completar la soledad de aquel lugar. Las miradas se dirigieron hacia mí en cuanto crucé la puerta y todos los presentes me estudiaron sin ninguna discreción, como si fuera la primera vez que veían a un occidental de carne y hueso.

La tensión de sentir tantos pares de ojos analizando mi piel y mi ropa me hizo escoger apresuradamente la primera silla de la primera mesa a mi alcance, justo enfrente de los camareros, y allí me parapeté tras la carta.

En ella confirmé la alta categoría del lugar, a través de una extensa lista de platos internacionales con precios de país europeo. Pero ya que uno no viaja todos los años a la India me incliné por las opciones de la tierra, muy seguro de que cualquiera de esos platos indios cuya traducción al inglés incluía la palabra chicken sería una apuesta segura.

El primer bocado de mi chicken tikka masala me golpeó como un puñetazo de fuego en plenos morros. Pero estaba rico, no lo niego. Muy rico.

Así que di un segundo bocado y luego un tercero. La temperatura de mi cuerpo aumentaba un par de grados con cada cucharada que me llevaba a la boca y enseguida empecé a sentir las primeras consecuencias en forma de sudoración.

A diez metros delante de mí, los tres camareros me miraban fijamente, sin parpadear, petrificados hasta el instante en que yo soltara los cubiertos y rompiera el sortilegio.

Aún me quedaba medio plato para ganar aquella guerra y por más agua que tragaba, el ardor que recorría mi lengua y mis labios como un horrible cosquilleo de fuego no se aplacaba.

Fue con los últimos pedazos de pollo que mi cuerpo recibió el golpe definitivo: mis ojos empezaron a llorar y mi nariz a gotear profusamente, como si toda el agua que acababa de beber hubiera improvisado una vía de escape distinta a la ruta habitual. Pero bajo la inquisidora mirada de los camareros ni siquiera me atrevía a usar las caras servilletas de tela como pañuelo.

Uno de los camareros, quizá más concienciado con el choque cultural y gastronómico que sufrían los foráneos, se debió de percatar del mal rato que estaba pasando, porque acudió solícito a retirar mi plato y dejó en su lugar, junto a mí, un bol de té calentito con una rodaja de limón.

¡Un té! Lo último que me apetecía en ese momento de angustia era beber una infusión caliente, pero sin lugar a dudas, se trataba de uno de esos remedios orientales milenarios que por alguna razón no trascienden a occidente. A fin de cuentas, ¿qué sabemos nosotros del curry? Nada de nada.

Así que sonreí agradecido a los camareros, sintiendo como una nueva gota de agüilla se deslizaba peligrosamente desde mis fosas nasales hacia mi boca, y sin más dilación tomé el bol con las dos manos, como quien bebe de un cáliz el agua de la fuente de la juventud, decidido a poner fin a tanto sufrimiento.

Y así, cuando mis labios rozaban el recipiente, vi por el rabillo del ojo cómo los comensales de las mesas de al lado, con la mayor naturalidad del mundo, remojaban y lavaban sus manos en sus respectivos boles de agua con limón.

 

#historiasdeviajes

3 comentarios en “Chicken tikka masala

  1. Jajajaja, lo siento, no he podido evitarlo pero es una risa sincera y divertida ;). He tenido experiencia con la comida picante con anterioridad y por eso ahora nunca la pido cuando viene indicada en la carta. Que ensoñación debió de ser recorrer esa ciudad que si bien comentan que es dela más poblada y más pobres, son los que también poseen mayor espiritualidad.

    Espero que hayas podido disfrutar de esa experiencia y gracias por compartirla con los demás.

  2. Felicitaciones, disfruté su estilo para narrar el cuento y el tema resultó divertido . Quien no ha estado en alguna situación similar, es porque no ha salido de su zona de confort.
    Gracias por compartir .
    @uldaricoulrich.

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