Relatos

Auge y caída de “Vaca Burger”, un relato gastronómico

Las hamburguesas de Vaca Burger se volvieron populares muy rápidamente, desde el mismísimo día en que aquel local, acogedor y coqueto, en una discreta callejuela del centro, abrió sus puertas al público por primera vez.

Lo más sorprendente de este repentino éxito era la peculiar y arriesgada oferta que Vaca Burger ofrecía a su creciente público, puesto que en contra de la línea imperante, toda su carta se limitaba a un único tipo de hamburguesa. Un solo tipo capaz de satisfacer a todos los paladares. Una sola receta que se replicaba, día tras día, noche tras noche, centenares de veces.

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Semejante prodigio se trataba de un grueso filete de exquisita carne picada de vacuno gallego, con su certificado de procedencia y calidad, sazonada con sal y pimienta, cocinada al punto deseado por cada comensal, y que siempre llegaba a la mesa caliente y tierna.

En cuanto el filete se retiraba de la plancha, aún humeante, se extendía sobre él una loncha de queso manchego de oveja. La inducción de calor provocaba de inmediato que se desprendiera su aroma mantecoso y suave, y los agujeros, pequeños e irregulares, se difuminaban a la vez que la loncha se fundía, envolviendo la carne.

Sobre el queso, iban siempre, con delicadeza, unas briznas de lechuga de varios tipos y colores: iceberg, hoja de roble, romana, batavia, y siempre camuflada entre la lechuga, una ramita de oscura e intensa rúcula.

No faltaba la cebolla, apenas unas pocas tiras, crujientes y suaves, de colores blancos y rosados.

Pero la nota de color definitiva venía de la mano de dos gruesas rodajas de tomate recién cortadas, una roja y brillante de Corazón de Buey y otra de oscuro Kumato, que dejaban caer su jugo sobre el resto de vegetales.

La salsa secreta del chef era anaranjada, y según decían aquellos con paladares más avezados, combinaba mostaza y una gota de mayonesa, y que ese regusto picante que no subía a la nariz provenía de chiles jalapeños, o de curry, aunque los más castizos afirmaban que se apreciaba una pizca de pimentón dulce. Podríamos afirmar que dicha salsa, sin lugar a dudas, o bien llevaba todos estos ingredientes o no llevaba ninguno de ellos.

Todos estos deliciosos elementos culinarios quedaban amorosamente abrazados por un pan artesanal que horneaban allí mismo cada día, con un atino formidable, ya que sólo dos noches de espectacular demanda tuvieron que recurrir a descongelar algunas reservas de este pan para emergencias.

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Y de esta forma, sobre un plato de cerámica, llegaban a cada mesa las hamburguesas calientes, con su pan también caliente, sin quemar, cuya corteza crujía suavemente, envuelta en el aroma de esa salsa picosita pero inofensiva.

A todos los niveles se reconocía el plato único de Vaca Burger: desde los propios clientes ―que se deshacían en halagos, recomendaban y repetían― hasta la crítica especializada ―que en blogs, periódicos locales y revistas pertinentes remarcaban su excelente relación calidad-precio―.

Si bien el eslogan “Vaca Burger, hamburguesas españolas hechas con mimo” había calado de cocinas para afuera, el ritmo de los cocineros era frenético y todo estaba tan cronometrado como en la cadena americana más vulgar: se ponía la carne en la plancha unos minutos bien determinados, y al mismo tiempo había que tostar el pan y condimentarlo, con su salsa, su queso, sus vegetales. Todo debía estar listo en el momento en que la plancha pitaba y la jugosa carne, en su punto, debía ser retirada. La realidad era que se trabajaba al límite de lo humanamente posible.

La gota que colmó el vaso llegó a los dos meses, cuando la dirección del local pensó que enrocarse en una única receta podría acabar aburriendo al amplio público recién conquistado, y decidió que era el momento de dar un toque de flexibilidad al monótono menú incorporando la posibilidad de añadir a la hamburguesa el clásico pepinillo.

El problema con este encurtido era que las rodajas se pegaban las unas a las otras con extraordinaria facilidad, apelmazándose, y resultaba un suplicio separarlas para poder poner una única raja en cada hamburguesa. Se perdían, pues, segundos vitales, en los que el pan se enfriaba y la carne quedaba muy hecha, y se retrasaba además el inicio de la siguiente remesa de hamburguesas.

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Así que los cocineros, más obsesionados con la dictadura del cronómetro que con el supuesto mimo, improvisaron un sistema de contingencia: mientras se tostaba el pan, en esos preciados segundos libres, iban preparando los pepinillos, separando las rodajas y colocándolas individualmente en algún sitio próximo, que resultó ser, concretamente, sus antebrazos desnudos.

Ahí colocaban ordenadamente dos filas paralelas de pepinillos, ocho, diez o doce, según el número de hamburguesas de la tanda que estaban preparando. Y en cuanto los panes estaban listos e iban colocando los ingredientes, apenas tardaban un instante en recuperar una rodaja del antebrazo y situarla en medio de la hamburguesa, cumpliendo in extremis los tiempos establecidos.

La eficaz medida, de higiene dudosa, nunca habría trascendido más allá de las puertas de la cocina sino fuera porque a los pegajosos pepinillos solía quedarse adherido algún vello tras su paso por los antebrazos. Si había suerte se trataba de un pelito delgado del cocinero más joven y lampiño, y si no la había, era un vello grueso e hirsuto del cocinero más corpulento, que una vez en la boca del pobre comensal se resistía a mezclarse con el bolo alimenticio.

Al mismo ritmo con que se despachaban centenares de hamburguesas cada día, se servían decenas de pelos de los brazos de toda la plantilla de cocineros. Y cuando algún cliente alzaba la voz de alarma, era frecuente que sus acompañantes encontraran idénticos vellos en sus pepinillos.

La atención mediática que disfrutaba el local de moda y que lo había propulsado al éxito se convirtió en un arma de doble filo, haciéndose eco del repugnante incidente y de su persistencia a lo largo de los días.

Para cuando la dirección de Vaca Burger consiguió asimilar los fajos de hojas de reclamaciones que llegaban de forma masiva, ya era imposible contener el tsunami de furiosas reacciones negativas, y envueltos en la vergüenza y el oprobio, sólo pudieron contemplar impotentes el fulminante desplome de su negocio de éxito, tirándose, nunca mejor dicho, de los pelos.

 
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“Auge y caída de ‘Vaca Burger'”
un relato de Daniel Fuertes
Protegido con Safe Creative

Código de registro: 1803136111225

4 comentarios en “Auge y caída de “Vaca Burger”, un relato gastronómico

  1. Hola Daniel.
    De nuevo he disfrutado con uno de tus relatos. Dentro de un par de horas comeré, lastima no poder disfrutar de una buena hamburguesa. Cuntinua publicando.
    un abrazo, FER

  2. ¡Hola!
    Me ha parecido un relato muy divertido del que he estado muy atenta para saber el por qué de la caída del restaurante. Me has hecho imaginarme tal cual la hamburguesa con todos sus ingredientes, por otro lado también los antebrazos de los cocineros… jaja
    ¡Muy bueno! Ya se que cenar esta noche, pero sin pepinillos jaja 😉
    ¡Un abrazo!

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